“Cuando asumí la presidencia de esta cooperativa, la situación era crítica. Iba en picada, con una desorganización palpable, productores desmotivados y resultados que no engañaban a nadie. El primer paso, y el más importante, fue cambiar la mentalidad y demostrar que con transparencia y trabajo duro se podía salir adelante.
La atención a los productores en la base es la columna vertebral de todo. Dejamos de ser una oficina que solo exige y pasamos a ser un apoyo. Implementamos un sistema de visita constante, no para fiscalizar, sino para escuchar. Mi equipo y yo estamos en el campo con ellos, conocemos sus problemas concretos: un tractor que se rompe, la falta de un insumo a tiempo, una plaga que empieza a aparecer. La solución ya no es un problema solo del productor, es un problema de la cooperativa. Creamos un círculo de confianza donde ellos saben que pueden llegar con sus inquietudes y encontrar una mano tendida, no un expediente. Es una atención personalizada, porque cada finca y cada productor son un mundo distinto.
Ese trato directo nos permitió implementar un sistema de control mucho más efectivo. No es un control punitivo, es un control de gestión. Llevamos una bitácora digitalizada de cada unidad productiva: qué siembra, qué recursos se le asignaron, qué rendimiento proyecta y qué obtiene. Cruzamos datos constantemente. Si un productor tiene una merma inusual, vamos a su tierra a ver qué pasó: ¿fue el clima, fue una plaga, fue un error en el manejo? Así aprendemos todos. Este control nos permite ser proactivos, anticiparnos a los problemas. Sabemos quién necesita ayuda con la cosecha, quién puede cumplir y quién está en riesgo de no hacerlo, y actuamos en consecuencia. La tecnología nos ayuda, con grupos de WhatsApp y software básico, pero el verdadero control se hace a pie de surco.
Todo esto está íntimamente ligado a un planeamiento riguroso. Antes se planificaba de oficina, de forma abstracta. Ahora, nuestro plan es la suma de las potencialidades reales de cada uno de nuestros asociados. Nos sentamos con ellos, analizamos sus tierras, su historial, sus propuestas, y together construimos el plan de la CCS. Es un plan realista, consensuado y, sobre todo, comprometido. El productor se siente parte de él, no es una cifra impuesta desde arriba. Eso hace que luche más por cumplirla y hasta superarla. La planificación dejó de ser un documento para archivar y se convirtió en nuestro mapa de ruta diario.
El resultado de este trabajo no solo se ve en los números productivos, que han crecido de manera sostenida, sino en una transformación integral. La gestión de proyectos se ha convertido en una prioridad. Logramos acceder a programas de desarrollo local para mejorar nuestra infraestructura de riego y hemos presentado proyectos para una mini-industria que nos permita agregar valor a nuestra producción, ya no solo vender materia prima. Pretendemos insertarnos con fuerza en estos programas, porque hemos demostrado seriedad y capacidad de ejecución. Tenemos la ambición de crear un polo de desarrollo aquí, con nuestra cooperativa como eje.
Hoy, la CCS ‘Antonio Fernández’ no es la misma. No solo estamos económicamente estables, sino que somos una comunidad unida, con moral alta y una visión de futuro. El secreto no fue mágico: fue poner a las personas en el centro, escuchar, planificar con ellos y controlar para ayudar, no para castigar. El campo perdona la improvisación; premia el trabajo constante y la honestidad.”