Ferias estériles ¿Por qué no damos vida a los sábados en Jobabo?

Las ferias de los sábados en Jobabo son, hoy por hoy, un espejismo, más bien una caricatura de lo que podrían llegar a ser si se organizaran con una concepción diferente enfocadas a las necesidades del entorno socio comunitario. En la práctica se presentan como un evento de vitalidad comercial, pero quien camine en el espacioso mercado agropecuario Las Tecas los sábados con ojos analíticos detectará rápidamente la brecha que existe entre la concepción actual y el potencial desaprovechado de un evento que pudiera ser dinamizador económico y social. Las ferias de Jobabo son un apéndice más del mismo sistema comercial rígido y carente, con algunos esteroides agregados, que lo que padecemos los demás días.

La estructura es reconocible: puestos de productos agropecuarios con surtidos que no llegan a las 10 de la mañana, alguna que otra oferta gastronómica ¨de pizarra¨, productos y bienes de consumo de un inventario lento y predominantemente encarecido, y la eventual presencia de artesanías. Es una foto fija, un guion preestablecido que se repite semana tras semana sin evolución alguna, donde la concurrencia de cooperativas y unidades locales es trastocada por exigencias incumplidas y cifras que no coinciden entre lo que se produce y lo que llega a la venta.

El gran vacío, la oportunidad perdida, reside en la exclusión del ciudadano común como potencial comerciante ocasional. ¿Cuántas personas en Jobabo tienen excedentes en sus patios o algún producto o bien de consumo que pueden llevar a vender allí sin prejuicios? Sería una inyección de economía familiar, y un traslado de lo informal de un comercio sumergido en ilegalidades frecuentes a uno de bien comunitario, y  por qué no, una forma de competencia y alivio para el bolsillo de otros.

Sin embargo, la burocrática forma de organización y la falta de iniciativas, que pudieran acompañarse de una buena comunicación, han esquematizado todo a la limitada concurrencia del sector cooperativo y campesino… y hablo precisamente de limitado, porque si bien tiene brecha abierta a concurrir, prácticamente hay que exigirles que acudan a vender, de lo contrario, es nula su presencia. El resultado es un espacio estéril, donde solo participa quien ya está dentro del sistema formal, perpetuando así un ciclo de oferta limitada y precios altos, estáticos y con tendencia al aumento y la presión.

Este modelo burocrático choca frontalmente con la esencia misma de lo que debería ser una feria: un espacio de libertad comercial, por reducida que sea su escala. Imaginemos por un momento un Jobabo donde los sábados fueran realmente días de trueque y venta sin trabas. Un espacio en que el mercado sea liberado de impuestos y de trámites onerosos, donde el único requisito fuera tener algo que ofrecer. El incentivo para productores y compradores se multiplicaría.

Precisamente, el tema de los precios es el otro gran descalabro. ¿Qué incentivo tiene una familia para madrugar un sábado si encuentra los mismos precios —y a veces incluso más elevados— que en el punto de venta estatal de martes? La feria actual no compite; sustituye. Se limita a suplir las carencias de la semana, a vender el sábado lo que no llegó al mercado el miércoles. Su éxito no se mide en valor agregado, sino en la desesperación del cliente por encontrar lo que le faltó los días anteriores.

Esto le quita toda la magia y todo el sentido práctico. La convierte en una extensión gris de la tienda diaria, no en un evento diferenciador. La gente no va a la feria con ilusión o con la expectativa de una ganga; va por necesidad, con la esperanza de encontrar aquello que la economía planificada no fue capaz de distribuir a tiempo.

La solución no pasa por una mayor regulación, sino todo lo contrario. Pasa por una audaz desregulación controlada. Las autoridades locales tendrían que atreverse a ver estas ferias no como un apéndice controlado del sistema comercial, sino como su antítesis necesaria: un laboratorio de economía popular con pulmón para la iniciativa que combine lo extensivo de las unidades productivas y comerciales con algo más básico y familiar.

También, hay que entender que esa organización lleva exigencia a los libres albedríos de las cooperativas y entidades que no hacen prácticamente presencia en estos espacios. Con la cantidad de usufructuarios que tiene actualmente la empresa agroindustrial, incluso con los recursos que han beneficiado a no pocos productores a su cargo, era suficiente para que los sábados llegaran a Las Tecas con muchos más productos que las demandas croquetas de yuca y caldosa, y los encarecidos surtidos de la fábrica de conservas que compiten (en precios) con sus similares de cualquier punto de venta privado.

No solo se trata de la empresa agroindustrial, podemos citar a la CCS Victoria de Girón, con decenas productores en los alrededores del pueblo y con suficientes producciones, sin embargo, solo uno de sus asociados asiste puntualmente cada sábado. En situación muy similar están las CCS Jorge Aliaga y Adriano Nieves, la UBPC Enrique Casals, y la no tan lejanas CCS Victoriano Martínez y Abel Santamaría, y la UBPC Rolando Rubio, prácticamente ausentes en lo que va de año.

Que se necesitan recursos y combustibles, lógicamente… sin embargo, esos recursos y combustibles para la concurrencia pudieran destinarse a las unidades de más lejos que nunca asisten y tiene al día de hoy suficientes cosechas para asistir al mercado.

Si todo esto, lejos de verse como una amenaza, se organizara correctamente, se generaría una competencia sana y real, la única capaz de domeñar la inflación galopante que vivimos en el mercado tan a la par (solo con ligeras diferencias) con los puntos de ventas privados del pueblo.

El día que se entienda todo esto, quizás un sábado cualquiera, el bullicio auténtico del comercio popular le devuelva el alma a Jobabo. Hasta entonces, las ferias de sábado solo serán un trámite más de una presencia ¨ofertativa¨ , lograda a regañadientes y exigencias administrativas, en sustitución de lo que no llega al mercado de lunes a viernes.

Yaidel M. Rodríguez Castro
Yaidel M. Rodríguez Castro
Máster en Ciencias de la Comunicación. Licenciado en Educación. Periodista en Radio Cabaniguán desde 2010 y editor de la página web Radio Cabaniguán. Atiende los temas relacionados con la Agricultura, Producción de Alimentos, Economía y Desarrollo Local.

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